A menudo organizamos nuestra vida suponiendo que habrá otra oportunidad.
Otra visita. Otra conversación. Otro día en el que haya más tiempo y las palabras salgan con más facilidad.
La enfermedad de mi madre ha hecho que esa suposición se vuelva frágil.
Nuestra relación no siempre ha sido fácil. Junto al amor hay cosas difíciles. No quiero convertir esa historia en una imagen perfecta. Pero quiero a mi madre y siento la tristeza de saber que algunos momentos quizá no nos esperen.
Temo que, cuando llegue la despedida definitiva, la despedida que anhelo —una conversación en la que de verdad nos encontremos— ya no sea posible.
Eso cambia el significado del ahora.
No significa que cada visita tenga que resolver el pasado. A veces basta con estar. A veces tenemos que aceptar los límites de un momento y seguir reconociendo su valor. El amor no siempre llega en forma de respuesta clara o de conversación concluida.
Para mí, carpe diem se ha vuelto más sereno y más maduro. Significa hacer espacio para lo que importa mientras todavía sea posible: la llamada, la visita, el silencio compartido, las palabras que podemos decir hoy.
Esto no es una invitación a vivir sin responsabilidades ni planes. Es un recordatorio para preguntarnos si esos planes dejan espacio para las personas y las experiencias que no queremos seguir posponiendo.
En el trabajo, como en la vida, las prioridades se hacen reales a través del tiempo que les dedicamos. Algunas decisiones pueden revisarse. Algunas oportunidades no vuelven.
No podemos saber qué momento será el último de su clase. Podemos elegir estar más presentes en los momentos que tenemos.
