En Navidad, pensamos en lo que podemos regalar.
A veces, el regalo más valioso es el tiempo y la atención que llevamos con nosotros.
Pienso en mi madre y mi padre, mi hermana, mi ahijada, mi marido y los amigos que han pasado a formar parte de mi vida. También pienso en las distancias que nos separan y en lo diferente que puede ser la Navidad de un año a otro.
No siempre podemos reunir a todos alrededor de una mesa. No podemos hacer que cada relación sea sencilla ni que cada día sea alegre. Pero podemos hacerle saber a alguien que tiene un lugar en nuestros pensamientos y en nuestra vida.
La presencia puede ser una visita. Una llamada que no intentamos terminar deprisa. Escuchar sin preparar nuestra respuesta, recordar un pequeño detalle o hacer sitio a alguien cuyo día es más silencioso que el nuestro.
No tiene que parecer una fotografía navideña perfecta.
Para mí, la calidez está en las cosas cotidianas: un árbol de verdad, voces familiares, algo sencillo en la mesa, Cooper cerca y un poco menos de atención al reloj.
Estos momentos no necesitan demostrar nada. Son valiosos porque los compartimos.
Si celebras estas fiestas, te deseo calidez y buena compañía. Si esta época es difícil, te deseo amabilidad y espacio para vivirla a tu manera.
Y a las personas que aportan cuidado, humor y comprensión a mi vida: gracias.
La presencia es un regalo. Ojalá la demos con generosidad, de las maneras que podamos.
